Fedrigoni

Personas y papel

“El vino está arraigado a la tierra y a lo local. Intentamos despojar el diseño de etiquetas lo máximo posible.”
Para Fernando Gutiérrez, el diseño va de relaciones, diálogo y dejar que las cosas hablen por sí mismas.

Por John L. Walters. Retrato de Robert Billington

Fernando Gutiérrez es un “diseñador de diseñadores”, cuyo reflexivo trabajo para clientes del mundo de las revistas, museos, artículos de lujo y marcas de vino ha sido sutilmente influyente. Nacido en Londres de padres españoles, Gutiérrez estudió en el Reino Unido, donde empezó a trabajar, pero se hizo conocido tras mudarse a Barcelona a principios de la década de 1990. Fundó el estudio de diseño Grafica con su colega Pablo Martín y diseñó Tentaciones, un suplemento del fin de semana del periódico El País.


Fue cofundador de Matador en 1995, una destacada revista independiente anual que cosechó premios en todo el mundo y le llevó a otros proyectos prestigiosos. En 2000, Gutiérrez se incorporó a la oficina londinense de Pentagram como socio y la dejó en 2006 para crear su propio estudio en el norte de Londres. Entre sus clientes más destacados están el Museo del Prado de Madrid y el Design Museum de Londres, pero la forma en la que aúna entusiasmo y meticulosidad queda patente en otros muchos proyectos, tanto grandes como pequeños. Últimamente ha realizado el logotipo para el Fedrigoni Top Award, catálogos de arte y fotografía para galerías públicas y privadas de todo el mundo, gráfica para exposiciones, un frasco de perfume para Givenchy, trabajos para el mítico restaurante El Bulli y ha diseñado catálogos y la gráfica de exposiciciones para el Museo de Bellas Artes de Bilbao, el Centro Botín de Santander y el Club Matador, un club privado de Madrid en el que pervive el espíritu de la revista Matador.

En el norte de Londres, en un día lluvioso del pasado verano, Gutiérrez habló de su interés por el diseño de etiquetas de vino, una pasión de hace mucho tiempo y a la que considera una forma de diseño editorial. Entre sus clientes de la industria de las bebidas están la ginebra The Botanist, la bodega Poças, Alta Alella, Valdesil, MonteRosola y Domaine La Casenove, además de su viejo amigo y cliente el bodeguero español Telmo Rodríguez.

John L. Walters: Su primera etiqueta para Telmo Rodríguez fue muy diferente, muy tipográfica.
Fernando Gutiérrez: Sí, porque no sabía nada del negocio vinícola. Quería hacer algo potente y que destacara.

Supongo que sabía que era un buen vino.
Ni siquiera sabía si era bueno o no. Confiaba en Telmo. Era un gran apasionado del vino y de la cultura del vino ibérico que quería hacer algo diferente. Su familia tenía un pago precioso en La Rioja. Telmo tomó la valiente decisión de abandonar el negocio familiar y comenzar un nuevo proyecto vinícola por su cuenta. Quería elaborar vinos en diferentes puntos de la península ibérica, redescubriendo variedades de uva y tradiciones agrícolas que se habían perdido. Compró un terreno con viñas en Toro en el que tuvo que trabajar duro. Algo sin ningún tipo de glamur.
Me limité a reflejar mi idea del aspecto que debería tener el vino. Puse letras de Letraset directamente sobre la botella a modo de boceto y la envié por correo para que lo viera. ¡Una botella de verdad! Ahora todo es digital. Prácticamente todo se aprueba en la pantalla. Para Telmo, ese paquete hizo que se convirtiera en realidad.

Me intriga la simplicidad de sus etiquetas; a menudo es una letra, una forma gráfica…
Intentamos despojarlo lo máximo posible porque lo importante es el vino, no tanto el diseño. Solo trato de complementar el proyecto, porque los compradores de vino conocen a Telmo. El diseño ayuda, pero en realidad lo esencial es él explicando el proyecto, lo que hace y cómo lo hace.

¿Cómo le explica Telmo lo que quiere?
Es una conversación muy abierta, me cuenta sus expectativas y sus ideas para cada viñedo, además de hablarme de la historia local.

Da la sensación de que es alguien con gusto moderno.
Tienes razón. Piensa en términos internacionales, pero quiere comunicar una historia vinícola única sobre España y la península ibérica. El vino está arraigado a la tierra y a lo local. Toda la península ibérica, incluyendo Portugal, ha experimentado un resurgimiento enológico. Telmo siguió adquiriendo viñedos que estaban hechos una pena, en zonas que no eran famosas por sus vinos, pero que tenían potencial. Fue un pionero con muchos de sus vinos.


Recurrir a Alan Kitching para la etiqueta de Matallana fue toda una sorpresa: un diseño muy inglés impreso con tipos de madera.
Trabajé con Alan en el desarrollo de una imagen para Matallana, pero las etiquetas están en continua evolución, como la música. La música siempre ha sido un punto de referencia, ¿pero cómo mantienes la vigencia de tu música en un mercado competitivo, a la vez que transmites algo único? Queremos que Matallana se convierta en un ribera clásico, así que para nosotros es un proyecto en desarrollo.
Me gusta colaborar con gente que no tiene nada que ver con el vino. Ahora sé más cosas sobre el vino, pero cuando empecé no sabía nada. Creo que eso aporta una cierta frescura y una perspectiva diferente.

Hábleme un poco de los otros colaboradores.
He trabajado con los ilustradores Andrew Davidson [Duratón], Chris Wormell [Monte Rosola] y Sean Mackaoui, un escocés que vive en Madrid y hace unos collages increíbles. Sean me ayudó con el Lanzaga original.Lo que quería hacer con el Valdesil (Valdeorras) era algo emotivo y abstracto. Esta tierra es todo granito y pizarra. Es una zona vinícola única que se remonta a la época romana, situada frente al Atlántico. Es bastante duro cultivar esa tierra porque está formada por escarpadas laderas que bajan hasta el río Sil. Allí crece una uva llamada godello, que está causando gran revuelo el mundo del vino.

¿Las líneas representan la pizarra?
Sí, es esa sensación de bordes duros. Lo dibujé porque no había presupuesto y tuve que adaptarme a esta limitación.

Me gustó la escritura a mano en las etiquetas del Valdeorra Carballo y el Montenovo de Valdesil.
Tiene un aspecto duro, moderno y nítido, y el lápiz consigue un buen contraste, un acabado manual. Son una familia de abogados muy conocida de Madrid. Estas tierras eran de sus antepasados. Estaban muy emocionados por recuperarlas.

¿A qué retos deben hacer frente las bodegas?
A las ventas. Dependen de terceros para vender su producto, además de competir contra grandes empresas internacionales y es muy duro. Es muy, muy complicado destacar y ser auténtico. No pueden pecar de inocencia.

Matador y diseño editorial

Matador ha marcado un hito en su carrera, ¿verdad?
Matador fue algo grande para mí, fue donde pude poner en práctica todas mis ideas editoriales, como un libro, una revista, arte, cultura… Surgió de mi trabajo con El País. Cuando yo era el director de arte de Tentaciones, Alberto Anaut, subdirector de El País, dejó el periódico, y uno de los proyectos que tenía en mente era una revista de arte.
Pensamos que Matador era un buen nombre; español, pero internacional. Tuvo una gran idea: crear un periódico cultural pero con tiempo, que saliera una vez al año. Teníamos un formato grande, A3. Todo se centraba en una impresión fantástica.

Su implicación en el mundo del vino empezó con Matador, cuando creó etiquetas con los artistas Sean Scully y Sol LeWitt.
Queríamos trabajar con una bodega española para producir una edición limitada para los suscriptores. Pagarían el vino, pero sería un vino exlusivo para ellos. Con cada número de Matador, siempre teníamos lo que llamábamos un “cuaderno de artista” en el que trabajábamos con un artista contemporáneo. Usaríamos una de las imágenes y llamaríamos al vino como el artista de ese número.
Le pedimos un vino a Jaime Rodríguez, el padre de Telmo, para el primer número. Cuando le pasó el proyecto a Telmo, dijo: “Quiero que el tipo de Matador me ayude a lanzar mi nuevo proyecto vinícola. Lo haremos con la condición de que el diseñador trabaje conmigo”.

Eso es una buena conexión entre diseño editorial y vino.
Exactamente. Y es diseño editorial, y el vino e s editorial, totalmente. Matador fue el principio de un gran proyecto cultural y artístico en España, con sede en Madrid, que se convirtió en PhotoEspaña, un festival de fotografía. De él han surgido muchos eventos; un curso en gestión artística; una tienda; un club de socios en Madrid; están implicados en el Madrid Design Festival. Matador fue la caja de resonancia, el trampolín, para todos estos proyectos culturales diferentes. También es una editorial. La Fábrica publica libros, sobre todo de fotografía.

¿Le ha tentado utilizar más fotografía en sus etiquetas de vino?
No me gusta la fotografía en las etiquetas. Casi nunca me ha funcionado, aunque he hecho una que me encanta, Valderiz. Me encanta la fotografía, pero en las etiquetas se me hace raro. Es demasiado. Si echa un vistazo a cualquier tienda de vinos actual, verá muchos rostros en las etiquetas. Si pones un rostro, vendes. Si te miran a los ojos, venderás más, como Vogue. En todas las revistas de moda hay rostros, ¿así que por qué no en el vino? Pero no suele ser mi manera de hacer.

El Prado

Hábleme del Prado y de su relación con las etiquetas.
El Prado es uno de los museos más increíbles del mundo. Siempre he trabajado con fotografía e ilustración, pero esto era trabajar con los grandes maestros del Arte con mayúsculas, lo que me llevó a un mundo que me encanta. Quería hacer era algo anónimo de calidad. Hacíamos cosas invisibles, así que actualizamos todo el museo sin que la gente lo notara.

¿Se propuso hacer algo nuevo?
Sí y no. Tenían como seis u ocho logotipos. Estaban anclados en un pasado muy académico. La tienda de regalos era horrible. Tardamos diez años en arreglarlo. Poco a poco tuvimos que convencerles de que el diseño tiene sus beneficios, porque al principio nos veían como superfluos. Nuestro enfoque era: “No, este folleto va a ser precioso. El texto se va a leer perfectamente. Todo va a encajar y va a salir de maravilla”.
Así que me sumergí por completo en el arte clásico. Es fantástico. Trabajas con imágenes, tienes un Tiziano o un Rafael o un Vermeer o lo que sea. Puedes hacer tanto con tan poco. Solo hay que usarlo con intención. La imagen te dirá qué hacer a partir de tu formato, y luego sigues desde de ahí. Cubrimos un edificio entero con un Tiziano; era una apuesta segura. Teníamos La bacanal de los andrios en fachada de un edificio del centro de Madrid. Era enorme. Debía de ser un edificio de unos ocho pisos y fue espectacular. Para mí, eso es diseño gráfico. Todo me llevaba al Prado. Todo se basa en las relaciones, en quedarse cerca de lo que te gusta y disfrutas.

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